El punto

Sobre este símbolo ortográfico…

Esta es la historia del punto.
El punto se usa mucho.
Está en el bicho, pero no en el chucho.
Para empezar, ya se ha presentado él solo.
Ha escrito su nombre unas cinco veces.
El punto es muy metomentodo.
Es pequeño, de muchos colores,
aunque la mayoría de veces, negro.
Muy preciso y exacto,
sólo cuando da en el punto.
Lo hace todo de forma ordenada,
punto por punto.
Es un sin vergüenza,
y es muy atrevido.
De vez en cuando, se burla de mí,
me tienta, y cuando estoy
apunto de borrarlo con la goma,
se junta con su mejor amiga,
y se forma el punto y coma.
También es muy sucio,
pero esto tiene solución,
A la lavadora y punto.
El punto vive en ti,
pero no en nosotros.
A veces, me aparecen de repente:
Puntos negros.
Otras tantas, me los ponen:
Punto en boca.
En ocasiones en el reloj:
Las once en punto.
Aunque casi siempre los pongo yo:
Los puntos sobre las íes.
Pero sobre mí, mejor,
un punto y aparte.
Hay puntos fuertes,
puntos débiles
y puntos flacos.
En ocasiones, nacen gemelos:
Dos puntos.
También trillizos:
Puntos suspensivos…
Y por desgracia, a veces
hay algún punto muerto.
Puede estar muy bueno
cuando está en su punto:
Punto de nieve,
Punto de caramelo,
Punto de sal…
Pero pasemos a otro punto.
El punto es deportista.
Hay veces que gana,
Y otras que pierde.
Por pocos o muchos puntos.
En ocasiones es indispensable:
El punto de apoyo.
Puede ser también un hobby:
Hacer punto.
Y poniendo punto y final,
sólo me queda decir,
que me gusta este símbolo…
¡Y punto!

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